miércoles, 17 de diciembre de 2008
Nácar-Colunga
Hace muchos años reclamé destempladamente a mi padre la compra urgente de una Biblia como parte de las exigencias del currículum de 5º de EGB. Por un extraño capricho de la memoria recuerdo como si fuera hoy el momento en el que fuimos a comprarla. Fue en una tienda de la calle Estafeta, especializada en filatelia y numismática (uno de esos comercios tragados por la marea de la posmodernidad), y nos costó quinientas pesetas. La temblorosa inscripción de la portada dice: Edgar Andueza, 5º A, y todavía la conservo. La edición que nos vendieron era la de Nácar-Colunga, y se llama así porque fue preparada por dos escriturarios llamados Eloíno Nácar Fúster y Alberto Colunga Cueto. La sonoridad de sus nombres (que forman un dístico octosílabo casi perfecto) y la distribución maravillosamente regular de los acentos ha servido para que nunca se me olvidaran, y para que prefiriera esa edición sobre cualquier otra. Muchos de mis compañeros tenían la Biblia de Jerusalén: los profesores la recomendaban y creo haber oído alguna vez que su traducción es superior, pero yo siempre preferí la mía, la de Eloíno Nácar Fúster y Alberto Colunga Cueto, obligado por cierta adhesión emocional que he sentido otras veces por algunos libros. Lo bueno es que esa clase de adhesión irracional determina en muchos casos nuestras decisiones intelectuales, asunto sobre el que otro día me extenderé. Lo que me interesa ahora es que no sé por qué me acuerdo del episodio de la compra, pero seguro que algo tiene que ver con el hecho de haberlo compartido con mi padre, y sé que es un libro del que nunca me desharía.
viernes, 12 de diciembre de 2008
Netter
Es uno de los volúmenes más preciosos de mi biblioteca; en el caso, obsceno y censurable en este tiempo del lobo, de que os sobren 120 €, compradlo. Si a alguno de vosotros os gustaba la anatomía y llegasteis a tener el maniquí que imitaba las cavidades y órganos de nuestro cuerpo (por cierto, sigue siendo el mismo, que lo he visto en El Corte Inglés); o si hicisteis la colección de Naturaleza y color en la que al cuerpo humano le correspondían nada más y nada menos que ¡seis! cromos, y luchasteis denodadamente por conseguir los seis sin tener que escribir (como yo) a la editorial para que os los enviara, este es vuestro libro. Si no tenéis los 120 pavos, podéis ver muchas de las imágenes que contiene en esta página web. Hacedme caso, merece la pena descubrir, como reconoce Marco Aurelio al principio de sus Meditaciones, que no somos más que un nudo de nervios y articulaciones, de músculos y huesecillos sanguinolentos y observar ese misterioso interior, tan próximo y tan oculto, mucho más luminoso y cierto y vivo que el otro, que nunca ha tenido tan exactos dibujantes.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Noir
Pertenezco a la numerosa legión de consumidores de 'novela negra que precede al sueño'. La denominación no es despectiva; al contrario, el momento en el que uno se mete en la cama con la perspectiva de continuar con las aventuras del detective de turno es uno de los mejores del día, y estas novelas, si están bien construidas (o no tanto, uno va rebajando el criterio con el tiempo), son un bálsamo para corazones cansados. Confieso mis lagunas: no he leído a los clásicos (solo recientemente me he atrevido con El largo adiós) y reconozco -mirabile dictu- que nunca he leído nada de Dashiell Hammett, Ellery Queen, Simenon o Vázquez Montalbán.
En términos estrictos, habría que distinguir entre los meros ejemplos de whodunit y otras historias de mayor calado filosófico y moral. En cuanto a mí, últimamente alterno novelas de Andrea Camilleri, Henning Mankell, Donna Leon y Fred Vagas.




Entre ellos hay una diferencia de grado: Camilleri y Mankell están por encima de Leon y Vargas, cuyos argumentos y personajes adolecen a menudo de una asombrosa puerilidad. Sin embargo, todos son adictivos, todos enganchan y consuelan igual. Personalmente, mi preferido es Sherlock Holmes, que nunca defrauda (incluidos pseudepigrapha), aunque les tengo mucho cariño a los protagonistas y a los ambientes de Agatha Christie.


Durante una temporada fui muy aficionado a Ellis Peters y a su fray Cadfael, pero se me acabaron los títulos. También me gusta, por ironía y agilidad, Andreu Martín, aunque solo he leído la saga de Flanagan (que escribió en colaboración con Jaume Ribera). La primera letra del alfabeto de Sue Grafton no me gustó, así que no leí más, y algo parecido me ha pasado con John Conolly. Mis próximos objetivos son el detective Rebus, de Ian Rankin, la trilogía nazi de Philip Kerr, de la que ya he comprado el primer título, y el nuevo, fulgurante y póstumo éxito de Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres.

El problema es que la fórmula, que siempre ha sido muy productiva, ha prosperado hasta ahogar el mercado de detectives algo paranoicos e inverosímiles que se dedican, al margen de su actividad principal, a menesteres algo menos glamourosos (¡hasta hay enólogos!). Entre las novedades, me ha llamado la atención, por su título, Llámame Bolga, como el río, de Ramón J. Uribe.

En términos estrictos, habría que distinguir entre los meros ejemplos de whodunit y otras historias de mayor calado filosófico y moral. En cuanto a mí, últimamente alterno novelas de Andrea Camilleri, Henning Mankell, Donna Leon y Fred Vagas.




Entre ellos hay una diferencia de grado: Camilleri y Mankell están por encima de Leon y Vargas, cuyos argumentos y personajes adolecen a menudo de una asombrosa puerilidad. Sin embargo, todos son adictivos, todos enganchan y consuelan igual. Personalmente, mi preferido es Sherlock Holmes, que nunca defrauda (incluidos pseudepigrapha), aunque les tengo mucho cariño a los protagonistas y a los ambientes de Agatha Christie.


Durante una temporada fui muy aficionado a Ellis Peters y a su fray Cadfael, pero se me acabaron los títulos. También me gusta, por ironía y agilidad, Andreu Martín, aunque solo he leído la saga de Flanagan (que escribió en colaboración con Jaume Ribera). La primera letra del alfabeto de Sue Grafton no me gustó, así que no leí más, y algo parecido me ha pasado con John Conolly. Mis próximos objetivos son el detective Rebus, de Ian Rankin, la trilogía nazi de Philip Kerr, de la que ya he comprado el primer título, y el nuevo, fulgurante y póstumo éxito de Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres.

El problema es que la fórmula, que siempre ha sido muy productiva, ha prosperado hasta ahogar el mercado de detectives algo paranoicos e inverosímiles que se dedican, al margen de su actividad principal, a menesteres algo menos glamourosos (¡hasta hay enólogos!). Entre las novedades, me ha llamado la atención, por su título, Llámame Bolga, como el río, de Ramón J. Uribe.

martes, 9 de diciembre de 2008
Dejad de leer este blog y leed los libros que recomiendo, ¡ya!
El mejor ensayo que se puede leer ahora en castellano lo escribe una señora que se llama Rosa Sala Rose. Es especialista en literatura y cultura alemanas, pero que esto no os desanime, porque podríais pensar, como yo, que la lengua y la cultura de Alemania os importa un bledo, pero no. Sus libros son recomendables por lo que dicen y por cómo lo dicen, porque además de que demuestran una inteligencia aguda, una notable erudición y un rigor académico poco frecuente, uno nota que su autora tiene razón, esto es, que lo que dice es verdad y está, además, explicado con claridad y exactitud. Es una de las pocas ensayistas que tenemos de nivel internacional, como esos scholars anglosajones que tanto bien han hecho a la causa de la cultura en lengua inglesa y que tanto se echan de menos en castellano (a pesar de la proliferación de títulos, falta gente inteligente y seria; sobran tautologías académicas que se limitan a repetir lo que ha dicho la bibliografía anterior). Suele publicar cosas de Goethe (Alba), en Acantilado se ha encargado de las Conversaciones de Eckermann, y lo último que ha escrito trata de Lili Marlen (la canción). Pero yo os voy a recomendar otros dos libros suyos: el primero, El misterioso caso alemán, en Alba, que intenta explicar el enigmático (y trágico) trayecto que llevó a Alemania desde el país que creó la idea de cultura hasta el infierno del holocausto (y el trayecto tampoco es tan largo, como se deduce del texto) y el segundo, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, en Acantilado, realmente apasionante (aunque, como diccionario, mejor leerlo poco a poco). Id a comprarlos ya.


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