lunes, 13 de octubre de 2008
451
En algún otro lugar he hablado de ellos; es una de las 'nuevas editoriales independientes', aunque se nota que maneja un presupuesto no tan independiente. Pero muestra un estilo propio: en el catálogo y en las series, y sobre todo en la iniciativa de una de ellas, la denominada Re:, una interpretación contemporánea de los clásicos. Los títulos de las series son originales: 451.jpeg para los libros en los que predomina la imagen, 451.http:// para los centrados en la actualidad, 451.zip para las antologías y el citado 451.Re:. El resultado de los volúmenes (obviamente) es irregular, pero los títulos, en general, son interesantes y arriesgados; la edición, cuidada. Son libros hechos con mimo, y se dirigen a un audiencia 'especial', dispuesta a pagar 34 € por un volumen sobre el juego de la oca (y el juego en general). Yo lo he comprado y no me arrepiento, pero no sé si habrá mucha gente dispuesta a hacer lo mismo. Merecen resistir.
viernes, 10 de octubre de 2008
Seriedad, por favor
Acaba de salir publicado en Atalanta el libro de Peter Kingsley Filosofía antigua, misterios y magia, traducción del conocido (para los filólogos) original oxoniense. Es una suerte (no es ironía) que por fin se pueda acceder en castellano a esta obra, a pesar de su orientación académica. Por eso me extraña que aparezca en una serie 'general' dedicada a diferentes aspectos de la espiritualidad (desde una perspectiva muy New Age, por cierto). La editorial ya había publicado del mismo autor En los oscuros lugares del saber, pero el primero es más riguroso y mucho más recomendable.

Se ve que el conde de Siruela (o sus asesores) tiene inquietudes y de hecho a él hay que agradecerle varias traducciones de monografías clásicas (Las artes de Orfeo, de Guhtrie, y El concepto de alma en la Antigua Grecia, de Jan Bremmer, todavía en su antigua editorial). Aún no he leído la traducción del libro de Kingsley, pero la de las obras de Guthrie y Bremmer era mala: traducir como "el Euménides" el título de la tragedia de Esquilo es un error insignificante para cualquiera, pero indica que quien lo ha hecho no sabe nada de la Antigüedad Clásica. Es cierto que la traducción de ensayos sobre el mundo grecolatino exige el conocimiento de latín y griego, además del de las dos lenguas modernas y el de todas las convenciones bibliográficas de los filólogos (que son muchas y realmente complicadas). Hay que confiar que en su nuevo proyecto Jacobo Siruela haya contado con gente preparada, que la hay.

Se ve que el conde de Siruela (o sus asesores) tiene inquietudes y de hecho a él hay que agradecerle varias traducciones de monografías clásicas (Las artes de Orfeo, de Guhtrie, y El concepto de alma en la Antigua Grecia, de Jan Bremmer, todavía en su antigua editorial). Aún no he leído la traducción del libro de Kingsley, pero la de las obras de Guthrie y Bremmer era mala: traducir como "el Euménides" el título de la tragedia de Esquilo es un error insignificante para cualquiera, pero indica que quien lo ha hecho no sabe nada de la Antigüedad Clásica. Es cierto que la traducción de ensayos sobre el mundo grecolatino exige el conocimiento de latín y griego, además del de las dos lenguas modernas y el de todas las convenciones bibliográficas de los filólogos (que son muchas y realmente complicadas). Hay que confiar que en su nuevo proyecto Jacobo Siruela haya contado con gente preparada, que la hay.
jueves, 9 de octubre de 2008
Misteriosos fenómenos
Si supiera explicarlo, probablemente me iría mejor, pero de verdad que no lo entiendo. Vamos, no lo entiendo yo, pero tampoco lo entienden los editores, que se guían por apetitos irracionales. Acaba de salir a la venta el último volumen de la saga vampírica de Stephenie Meyer, Amanecer, y muchos jóvenes ya lo habrán comprado. Yo he empezado a leer Crepúsculo en clase y, por un lado, creo que resulta inquietante el hecho de que, a buen seguro, ningún adulto (padres y profesores preocupados por la educación de sus hijos), habrá invertido un solo minuto en leer lo que leen sus vástagos adolescentes (también resulta desolador el que hayan proliferado los títulos repetitivos con portada negra y tema idéntico), pero lo que a mí me interesa es otra cosa: lo que me interesa de verdad es saber cómo algunos libros consiguen ese grado de popularidad entre los jóvenes. ¿Por qué, por qué? ¿Habéis visto algún anuncio en televisión o en internet? ¿Os ha hablado alguien (que no sea yo) de esta saga? Pasó lo mismo con Harry Potter, pero es algo periódico, porque también ha pasado con El niño con el pijama de rayas, o, en edades más tempranas, con los libros de Gerónimo Stilton. Y no, no es porque sean buenos; no son malos libros, pero su calidad no justifica ni remotamente las tiradas millonarias. Los que se quejan de que los jóvenes no leen (y no son pocos, ¡viva la litotes!), deberían ver con qué apasionamiento se refieren a estos libros. Yo los he visto, y puedo asegurar que ningún adulto habla así. Ahora se llamaría publicidad viral, pero eso solo es un nombre nuevo para algo que no lo es. Acepto sugerencias.

Por cierto, los vampiros están de moda entre los chavales, y tampoco alcanzo a ver por qué. ¿La fascinación romántica de Drácula? A propósito de esto último, os incluyo un fragmento de la novela de Stoker en el que se ve con claridad abrumadora la excitante naturaleza sexual del deseo vampírico.
Ahí va (las tres vampiresas intentan morder a Jonathan Harker; cito por la traducción de Juan Antonio Molina Foix, en Cátedra):
"Las tres tenían los dientes blancos y relucientes, que brillaban como perlas sobre el rubí de sus labios voluptuosos. Había en ellas algo que me inquietaba, haciéndome sentir al mismo tiempo anhelante y mortalmente asustado. Sentía en mi corazón un perverso y ardiente deseo de que me besaran con aquellos labios rojos. [...] Yo las miraba, inmóvil y con los párpados entornados, presa de una angustia deliciosamente expectante. La rubia se adelantó y se inclinó sobre mí tanto que podía notar su agitada respiración. En cierto sentido su aliento era dulce, tan dulce como la miel, y producía en mis nervios el mismo estremecimiento que su voz. Pero bajo aquella dulzura notaba una amarga repugnancia, como la que produce el olor de la sangre.
Me daba miedo alzar los párpados, pero podía ver perfectamente a través de las pestañas. La rubia se arrodilló y se inclinó más sobre mí, regodeándose claramente. Mostraba una deliberada voluptuosidad, que resultaba excitante y a la vez repulsiva, mientras doblaba el cuello y se relamía como un animal, hasta que pude ver, a la luz de la luna, la reluciente humedad de sus labios escarlata y de su lengua roja, que asomaba entre sus blancos y afilados dientes. Bajó todavía más la cabeza, hasta que sus labios descendieron por debajo de mi boca y de mi barbilla, pareciendo que iba a abalanzarse sobre mi garganta. Entonces se detuvo y pude oír la impaciente agitación de su lengua al lamerse los dientes y labios, notando sobre mi cuello su aliento cálido. Sentí un estremecimiento en la piel, como si una mano se acercara poco a poco para hacerme cosquillas. Pude notar en la piel hipersensible de mi cuello la suave y trémula caricia de unos labios, y el duro contacto de dos dientes afilados. Al prolongarse esta sensación, cerré los ojos en una especie de éxtasis lánguido y esperé... esperé con el corazón palpitante."

Por cierto, los vampiros están de moda entre los chavales, y tampoco alcanzo a ver por qué. ¿La fascinación romántica de Drácula? A propósito de esto último, os incluyo un fragmento de la novela de Stoker en el que se ve con claridad abrumadora la excitante naturaleza sexual del deseo vampírico.
Ahí va (las tres vampiresas intentan morder a Jonathan Harker; cito por la traducción de Juan Antonio Molina Foix, en Cátedra):
"Las tres tenían los dientes blancos y relucientes, que brillaban como perlas sobre el rubí de sus labios voluptuosos. Había en ellas algo que me inquietaba, haciéndome sentir al mismo tiempo anhelante y mortalmente asustado. Sentía en mi corazón un perverso y ardiente deseo de que me besaran con aquellos labios rojos. [...] Yo las miraba, inmóvil y con los párpados entornados, presa de una angustia deliciosamente expectante. La rubia se adelantó y se inclinó sobre mí tanto que podía notar su agitada respiración. En cierto sentido su aliento era dulce, tan dulce como la miel, y producía en mis nervios el mismo estremecimiento que su voz. Pero bajo aquella dulzura notaba una amarga repugnancia, como la que produce el olor de la sangre.
Me daba miedo alzar los párpados, pero podía ver perfectamente a través de las pestañas. La rubia se arrodilló y se inclinó más sobre mí, regodeándose claramente. Mostraba una deliberada voluptuosidad, que resultaba excitante y a la vez repulsiva, mientras doblaba el cuello y se relamía como un animal, hasta que pude ver, a la luz de la luna, la reluciente humedad de sus labios escarlata y de su lengua roja, que asomaba entre sus blancos y afilados dientes. Bajó todavía más la cabeza, hasta que sus labios descendieron por debajo de mi boca y de mi barbilla, pareciendo que iba a abalanzarse sobre mi garganta. Entonces se detuvo y pude oír la impaciente agitación de su lengua al lamerse los dientes y labios, notando sobre mi cuello su aliento cálido. Sentí un estremecimiento en la piel, como si una mano se acercara poco a poco para hacerme cosquillas. Pude notar en la piel hipersensible de mi cuello la suave y trémula caricia de unos labios, y el duro contacto de dos dientes afilados. Al prolongarse esta sensación, cerré los ojos en una especie de éxtasis lánguido y esperé... esperé con el corazón palpitante."
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