miércoles, 14 de enero de 2009

Entre tanta desgracia y tanto número, está bien algo de poesía

Son diez minutos y ocho eurillos de vuestra abundante cartera. Escuché a la autora en El Ojo Crítico, a la que pidieron —para embarazo, creo yo, de todo el mundo— que leyera uno de sus poemas. Escogió De senectute, que el jurado había mencionado elogiosamente al comunicarle la concesión del premio. Describe, según explicaciones de la autora, una atmósfera de su infancia en el campo. Me gustó mucho, sobre todo porque es muy sencillo, y quise leer más. Reproduzco, cual pirata y sin copyright, tres de sus poemas, escogidos al azar (Irene Sánchez Carrón, Ningún mensaje nuevo, Hiperión):


EN UN PORTAL VIENDO LLOVER Y HACIENDO UN CRUCIGRAMA


Dónde está la palabra adecuada

para el espacio en blanco

de la vida,

para el espacio en blanco

del poema,

la palabra precisa en el momento justo,

palabras con poder para vencer la muerte,

anda levántate, despierta de tu sueño,

estás en un portal viendo llover

y haciendo un crucigrama,

resucitas palabras que asesinaste antes

pues nada es nunca jamás ni para siempre

y querrías responder a todas las preguntas

pero, di, quién podría saber

el para qué,

el dónde, el cómo, el cuándo,

si no tenemos respuestas que convenzan

y nos dejamos llevar corriente abajo

allí donde una vez todo tuvo su porqué,

una razón,

donde escuchaste una voz

pronunciando tu nombre,

pero nadie te llama hoy,

a nadie esperas,

estás en un portal viendo llover

y sigues el viaje imprevisible y solitario

de una gota de lluvia en el cristal

mientras rellenas

los espacios en blanco de tu vida

con palabras confusas,

ahota que nada es nunca jamás ni para siempre,

ordenas y desordenas palabras sin sentido,

palabras sin poder sobre la muerte.


COMPLEMENTOS CIRCUNSTANCIALES


Torpemente y a oscuras

por la vida

en el día de ayer, de hoy, mañana y siempre,

deseando volver

a algún preciso instante

anterior al instante

de dejar de sentir

después de ver tus ojos

y mirar hacia el suelo

para no ver ya nada nunca más,

por las calles,

bajo este cielo muerto,

evitando pisar las largas sombras

de la gente que pasa

sin sentido

por mi vida,

dando tumbos,

en silencio

y a oscuras.


DE SENECTUTE

Cuando yo era muy niña

las viejas se peinaban como diosas.

Me gustaba acercarme y contemplar

el sencillo ritual de cada día:

las viejas, sentadas a la puerta,

esperaban tranquilas a sus hijas

que llegaban alegres, bulliciosas,

a deshacer el moño del día anterior.

Con la mirada absorta de la infancia,

observaba caer los hermosos cabellos

sobre los hombros secos y la espalda abatida.

Las viejas elevaban hacia el cielo su rostro

con los ojos cerrados

y no podía yo quitar mis ojos

de la piel transparente de sus sienes,

de la azulada red de duras venas,

de los largos mechones apagados.

Así avanzaba otro día,

se tejían las trenzas con esmero,

se trataban asuntos de mujeres,

a veces susurrados,

a veces relatados con viveza,

mientras peinas y horquillas

flotaban en la blanca palangana.

Cuando yo era muy niña

las viejas iban siempre de negro

y vivían

cara al sol en silencio y con los ojos cerrados,

y se peinaban

como si fueran diosas.

Pero aquel elegante recogido que tanto me gustaba

acababa cubierto por un pañuelo negro,

un día más, oculto.

Un día más, perfecto.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Nácar-Colunga

Hace muchos años reclamé destempladamente a mi padre la compra urgente de una Biblia como parte de las exigencias del currículum de 5º de EGB. Por un extraño capricho de la memoria recuerdo como si fuera hoy el momento en el que fuimos a comprarla. Fue en una tienda de la calle Estafeta, especializada en filatelia y numismática (uno de esos comercios tragados por la marea de la posmodernidad), y nos costó quinientas pesetas. La temblorosa inscripción de la portada dice: Edgar Andueza, 5º A, y todavía la conservo. La edición que nos vendieron era la de Nácar-Colunga, y se llama así porque fue preparada por dos escriturarios llamados Eloíno Nácar Fúster y Alberto Colunga Cueto. La sonoridad de sus nombres (que forman un dístico octosílabo casi perfecto) y la distribución maravillosamente regular de los acentos ha servido para que nunca se me olvidaran, y para que prefiriera esa edición sobre cualquier otra. Muchos de mis compañeros tenían la Biblia de Jerusalén: los profesores la recomendaban y creo haber oído alguna vez que su traducción es superior, pero yo siempre preferí la mía, la de Eloíno Nácar Fúster y Alberto Colunga Cueto, obligado por cierta adhesión emocional que he sentido otras veces por algunos libros. Lo bueno es que esa clase de adhesión irracional determina en muchos casos nuestras decisiones intelectuales, asunto sobre el que otro día me extenderé. Lo que me interesa ahora es que no sé por qué me acuerdo del episodio de la compra, pero seguro que algo tiene que ver con el hecho de haberlo compartido con mi padre, y sé que es un libro del que nunca me desharía.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Netter

Es uno de los volúmenes más preciosos de mi biblioteca; en el caso, obsceno y censurable en este tiempo del lobo, de que os sobren 120 €, compradlo. Si a alguno de vosotros os gustaba la anatomía y llegasteis a tener el maniquí que imitaba las cavidades y órganos de nuestro cuerpo (por cierto, sigue siendo el mismo, que lo he visto en El Corte Inglés); o si hicisteis la colección de Naturaleza y color en la que al cuerpo humano le correspondían nada más y nada menos que ¡seis! cromos, y luchasteis denodadamente por conseguir los seis sin tener que escribir (como yo) a la editorial para que os los enviara, este es vuestro libro. Si no tenéis los 120 pavos, podéis ver muchas de las imágenes que contiene en esta página web. Hacedme caso, merece la pena descubrir, como reconoce Marco Aurelio al principio de sus Meditaciones, que no somos más que un nudo de nervios y articulaciones, de músculos y huesecillos sanguinolentos y observar ese misterioso interior, tan próximo y tan oculto, mucho más luminoso y cierto y vivo que el otro, que nunca ha tenido tan exactos dibujantes.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Noir

Pertenezco a la numerosa legión de consumidores de 'novela negra que precede al sueño'. La denominación no es despectiva; al contrario, el momento en el que uno se mete en la cama con la perspectiva de continuar con las aventuras del detective de turno es uno de los mejores del día, y estas novelas, si están bien construidas (o no tanto, uno va rebajando el criterio con el tiempo), son un bálsamo para corazones cansados. Confieso mis lagunas: no he leído a los clásicos (solo recientemente me he atrevido con El largo adiós) y reconozco -mirabile dictu- que nunca he leído nada de Dashiell Hammett, Ellery Queen, Simenon o Vázquez Montalbán.

En términos estrictos, habría que distinguir entre los meros ejemplos de whodunit y otras historias de mayor calado filosófico y moral. En cuanto a mí, últimamente alterno novelas de Andrea Camilleri, Henning Mankell, Donna Leon y Fred Vagas.





Entre ellos hay una diferencia de grado: Camilleri y Mankell están por encima de Leon y Vargas, cuyos argumentos y personajes adolecen a menudo de una asombrosa puerilidad. Sin embargo, todos son adictivos, todos enganchan y consuelan igual. Personalmente, mi preferido es Sherlock Holmes, que nunca defrauda (incluidos pseudepigrapha), aunque les tengo mucho cariño a los protagonistas y a los ambientes de Agatha Christie.



Durante una temporada fui muy aficionado a Ellis Peters y a su fray Cadfael, pero se me acabaron los títulos. También me gusta, por ironía y agilidad, Andreu Martín, aunque solo he leído la saga de Flanagan (que escribió en colaboración con Jaume Ribera). La primera letra del alfabeto de Sue Grafton no me gustó, así que no leí más, y algo parecido me ha pasado con John Conolly. Mis próximos objetivos son el detective Rebus, de Ian Rankin, la trilogía nazi de Philip Kerr, de la que ya he comprado el primer título, y el nuevo, fulgurante y póstumo éxito de Stieg Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres.


El problema es que la fórmula, que siempre ha sido muy productiva, ha prosperado hasta ahogar el mercado de detectives algo paranoicos e inverosímiles que se dedican, al margen de su actividad principal, a menesteres algo menos glamourosos (¡hasta hay enólogos!). Entre las novedades, me ha llamado la atención, por su título, Llámame Bolga, como el río, de Ramón J. Uribe.


martes, 9 de diciembre de 2008

Dejad de leer este blog y leed los libros que recomiendo, ¡ya!

El mejor ensayo que se puede leer ahora en castellano lo escribe una señora que se llama Rosa Sala Rose. Es especialista en literatura y cultura alemanas, pero que esto no os desanime, porque podríais pensar, como yo, que la lengua y la cultura de Alemania os importa un bledo, pero no. Sus libros son recomendables por lo que dicen y por cómo lo dicen, porque además de que demuestran una inteligencia aguda, una notable erudición y un rigor académico poco frecuente, uno nota que su autora tiene razón, esto es, que lo que dice es verdad y está, además, explicado con claridad y exactitud. Es una de las pocas ensayistas que tenemos de nivel internacional, como esos scholars anglosajones que tanto bien han hecho a la causa de la cultura en lengua inglesa y que tanto se echan de menos en castellano (a pesar de la proliferación de títulos, falta gente inteligente y seria; sobran tautologías académicas que se limitan a repetir lo que ha dicho la bibliografía anterior). Suele publicar cosas de Goethe (Alba), en Acantilado se ha encargado de las Conversaciones de Eckermann, y lo último que ha escrito trata de Lili Marlen (la canción). Pero yo os voy a recomendar otros dos libros suyos: el primero, El misterioso caso alemán, en Alba, que intenta explicar el enigmático (y trágico) trayecto que llevó a Alemania desde el país que creó la idea de cultura hasta el infierno del holocausto (y el trayecto tampoco es tan largo, como se deduce del texto) y el segundo, el Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, en Acantilado, realmente apasionante (aunque, como diccionario, mejor leerlo poco a poco). Id a comprarlos ya.


sábado, 29 de noviembre de 2008

Versiones y antologías

Lo bueno de que el escritor nacional de un país sea autor de diez o doce obras maestras es que sus antologías y adaptaciones serán variadas y originales. Es lo que siempre ha ocurrido con Shakespeare. Desde hace muchos años estaba disponible en castellano la versión de los hermanos Lamb (cuya trágica biografía podéis leer aquí), todavía muy recomendable para una primera introducción a la obra del bardo, sobre todo si es gracias a la edición de El Aleph, ilustrada por Joëlle Jolivet:

Pero si es por las imágenes, me gustaría que leyerais la adaptación de Andrew Matthews, ahora publicada por Juventud, ilustrada por Angela Barrett:


Que conste que yo empecé a leer a Shakespeare en un viejo volumen en rústica de Aguilar (en la que probablemente sigue siendo la mejor traducción, la de Luis Astrana Marín), aunque también he disfrutado de las ediciones bilingües del Instituto Shakespeare; pero esta edición me gusta por su ilustradora, que sabe dar una atmósfera misteriosa y prerrafaelita a sus historias. En castellano ha publicado poco, pero maravilloso: La bella y la bestia y Blancanieves, en Kókinos, y La gansa blanca, en Ediciones Obelisco.



jueves, 20 de noviembre de 2008

¡Pirata!

Ahora están de moda, sobre todo en Somalia, y ya he oído un par de veces en la radio que estos piratas no son como Jack Sparrow y Will Turner. Bueno, no sé si son como ellos, pero sí que son como los piratas reales que en el siglo XVII asolaban las mismas costas que ahora protegen nuestras fragatas (leed, por favor, la historia de Libertatia, una comuna malgache pirata y comunista avant la lettre, aquí). Sus objetivos y su carácter no eran, casi en ningún caso, tan sanguinarios y salvajes como se piensa en general, y de hecho los abordajes solo acababan violentamente si los pasajeros presentaban resistencia. Ved las razones que expone, en su introducción, el autor de Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Valdemar supone que es Defoe, pero no está tan claro), acerca de los motivos que suelen empujar a los 'hermanos de la costa' a su criminal ocupación, y decidme si son diferentes de los que expondrían en la actualidad quienes se dedican al pillaje de los barcos saudíes.


La cuestión es que, desde su proyección, la saga de Piratas del Caribe ha recuperado el interés en la historia de los caballeros de fortuna, lo que ha tenido consecuencias editoriales. Renacimiento lleva varios años publicando la colección Isla de Tortuga, de la que ya han salido 11 títulos; el último, La historia de la piratería, de Philip Gosse, que ya recomendé en mi otro blog.


Pero también en los libros infantiles hay novedades interesantes; especialmente recomendable es la serie Bandera Pirata (Alain Surget), en Edelvives, que consta, hasta el momento, de ocho títulos. De verdad que es fantástica, como las historias de piratas tradicionales, en las que sabes que, a pesar de lo que tengan que sufrir los protagonistas, todo va a salir bien:

Por no hablar de las maravillas desplegables que se están editando, a las que dedicaré un post próximamente.