EN UN PORTAL VIENDO LLOVER Y HACIENDO UN CRUCIGRAMA
Dónde está la palabra adecuada
para el espacio en blanco
de la vida,
para el espacio en blanco
del poema,
la palabra precisa en el momento justo,
palabras con poder para vencer la muerte,
anda levántate, despierta de tu sueño,
estás en un portal viendo llover
y haciendo un crucigrama,
resucitas palabras que asesinaste antes
pues nada es nunca jamás ni para siempre
y querrías responder a todas las preguntas
pero, di, quién podría saber
el para qué,
el dónde, el cómo, el cuándo,
si no tenemos respuestas que convenzan
y nos dejamos llevar corriente abajo
allí donde una vez todo tuvo su porqué,
una razón,
donde escuchaste una voz
pronunciando tu nombre,
pero nadie te llama hoy,
a nadie esperas,
estás en un portal viendo llover
y sigues el viaje imprevisible y solitario
de una gota de lluvia en el cristal
mientras rellenas
los espacios en blanco de tu vida
con palabras confusas,
ahota que nada es nunca jamás ni para siempre,
ordenas y desordenas palabras sin sentido,
palabras sin poder sobre la muerte.
COMPLEMENTOS CIRCUNSTANCIALES
Torpemente y a oscuras
por la vida
en el día de ayer, de hoy, mañana y siempre,
deseando volver
a algún preciso instante
anterior al instante
de dejar de sentir
después de ver tus ojos
y mirar hacia el suelo
para no ver ya nada nunca más,
por las calles,
bajo este cielo muerto,
evitando pisar las largas sombras
de la gente que pasa
sin sentido
por mi vida,
dando tumbos,
en silencio
y a oscuras.
DE SENECTUTE
Cuando yo era muy niña
las viejas se peinaban como diosas.
Me gustaba acercarme y contemplar
el sencillo ritual de cada día:
las viejas, sentadas a la puerta,
esperaban tranquilas a sus hijas
que llegaban alegres, bulliciosas,
a deshacer el moño del día anterior.
Con la mirada absorta de la infancia,
observaba caer los hermosos cabellos
sobre los hombros secos y la espalda abatida.
Las viejas elevaban hacia el cielo su rostro
con los ojos cerrados
y no podía yo quitar mis ojos
de la piel transparente de sus sienes,
de la azulada red de duras venas,
de los largos mechones apagados.
Así avanzaba otro día,
se tejían las trenzas con esmero,
se trataban asuntos de mujeres,
a veces susurrados,
a veces relatados con viveza,
mientras peinas y horquillas
flotaban en la blanca palangana.
Cuando yo era muy niña
las viejas iban siempre de negro
y vivían
cara al sol en silencio y con los ojos cerrados,
y se peinaban
como si fueran diosas.
Pero aquel elegante recogido que tanto me gustaba
acababa cubierto por un pañuelo negro,
un día más, oculto.
Un día más, perfecto.


1 comentario:
Lo siento pero prefiero la prosa. La poesía me aburre.
Publicar un comentario